CULTURA
10/05/2025
“Pibe, tocás el tango como un gallego”, cuando Piazzolla conoció a Gardel
Fuente: telam
La biografía “Con Piazzolla” de Alberto Speratti publicada en 1969 y ahora reeditada, permite recuperar un episodio fundacional en la historia del tango: el día en que el niño Astor se hizo amigo del “zorzal criollo” en Nueva York
Ausente de las librerías desde hace más de medio siglo, el libro tuvo este mes una reedición a cargo de la editorial Vademécum, esta vez con la curaduría del especialista rosarino Carlos Kuri (autor de Piazzolla, la música límite y Archivo Piazzolla).
A los diez años se es un montón de cosas. Se tiene un pasado, apretado y chiquito, un presente como una llanura y un futuro que cabe en tres palabras: cuando sea grande. A los diez años, Astor Piazzolla acumulaba, como en el cuarto de los trastos viejos, al marino que recorrió el mundo con su barco a vela, a una historia de inmigraciones y afincamientos que culminó en el casamiento de sus padres —tras pasar peripecias que envidiarían Romeo y Julieta— y su propio accidentado nacimiento, que aterró tanto a la madre, que no quiso reincidir y lo situó en la ríspida, angosta franja donde viven los hijos únicos.
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Y lo consiguió. El chico conocía la técnica del bandoneón, su profesor no; pero le adaptó las piezas. La pobreza también fue compartida.
“Subimos hasta el piso dieciocho, y el hombre se tantea los bolsillos y me dice: ‘Venís bien, pibe, me olvidé la llave de entrada’. Así que tuve que pasar por la escalera de incendios hasta entrar por la ventana y despertarlo a Gardel. Pero me equivoco, y a quien despierto es a Alfredo Lepera, que tenía muy malas pulgas”.
“Tampoco podía creer que yo pudiera tocar el bandoneón. Después me oyó y me metió en la película, en la que yo hacía el papel de canillita. Era El día que me quieras, y me pagaron veinticinco dólares por debutar como actor. Con él también grabé la música del film para la RCA Victor de Nueva York”.
Cuando Carlos Gardel deja Nueva York, en su séquito figura Corpas Moreno, un motociclista amigo de Vicente Piazzolla, recomendado por este para cumplir funciones de secretario y masajista. Antes de irse, el cantor argentino propone al chico que lo acompañe. Los padres se niegan. Desde México el pedido se repite por telegrama, y también la negativa. (La corta edad podrían haberle acarreado serios problemas gremiales, aun cuando Piazzolla ya hubiera tocado en la orquesta de Eduardo Bianco).
“Lo insólito es que en el año 56 o 57, más de veinte años después, vino a verme Andrés D’Acquila a Buenos Aires y me dijo: ‘Astor, voy a contarte algo que te va a poner los pelos de punta. La vez pasada, caminando por el Greenwich Village, encontré en un negocio que estaba en un sótano, un muñeco todo quemado, todo chamuscado, con un cartel debajo que decía Muñeco que perteneció a un cantor argentino. Bajo, entro y pregunto cuánto vale. La empleada me dice veinte dólares. Busco, sólo tengo diez y le digo mañana lo vengo a buscar. Voy al día siguiente con la guita, y el muñeco ya no estaba. Lo habían vendido’. Es escalofriante pensar en las vueltas que pegó este muñeco. Se lo di yo a Gardel de las manos de mi padre, fue con Gardel, cayó con él en Medellín, quemándose parcialmente, y de allí alguien lo robó. Vaya uno a saber cómo viajó desde Colombia hasta Nueva York, hasta un negocio que estaba a sólo una cuadra de la casa donde mi papá lo talló. Pareciera como si el muñeco hubiera querido volver por un momento a la calle 9, al lugar donde había sido creado”.
Fuente: telam