05/01/2026
“Cruza”: las abuelas, los sueños y el camino hacia la autoficción
Fuente: telam
La escritora reconstruye entre recuerdos y ensoñaciones la vida de mujeres de su linaje, fusionando pasado y presente en una obra donde la memoria y la identidad se transforman en protagonistas literarias
>Una noche de marzo, en medio de una terapia de flores nativas a la que me estoy sometiendo para palear la ansiedad de una vida de precarización laboral, sueño con amapolas y girasoles: en el sueño están presentes unas mujeres del siglo XIX o de inicios del siglo XX. Son mujeres del campo. No son terratenientes: más bien son las que producen la tierra. Una de ellas se desmaya y yo, que soy otra pariente suya, tengo un rol de detective. Entender por qué una de ellas se desmaya sistemáticamente. Escribir lo que he visto.
Otro día, quizás en abril, con el temor y el vértigo que me produce escribir sobre mí misma -por alguna razón, siempre tuve prejuicio sobre la escritura autobiográfica, acaso porque soy mujer y temo quedar pegada a esas etiquetas que nos ponen los varones: escritoras de autoficción-, una voz en segunda persona empieza a escribir por asociación en pequeños fragmentos. Escribe por azar: un elemento del sueño la lleva a su historia familiar y a la historia política de su país y a ciertos textos fundamentales en ese país. No puedo parar. Escribo aún cuando no estoy escribiendo: el material no literario, lo que me encuentro en la calle, tomates y flores de mis vecinas, un libro con la letra de mi madre muerta que dice el alma del payador, todo me conduce al cruce.
Con Cruza asumo algo crucial: mi familia está hecha enteramente de esta hibridez. La sangre no explica nada. Tuve una madre biológica que falleció de una enfermedad extraña en el corazón y luego otra madre que devino como tal y cuyos antepasados tampoco eran, netamente, los de sangre: bisabuelas migrantes que vinieron a trabajar la tierra y murieron pobres, sin ver la vuelta de Perón, y parieron las hijas que pudieron, las que no le arrebató el trabajo duro. Una se casó con un circense que la golpeaba, vivían en el sur de Santa Fe, pobrísimas, con su hija bebé. Un día se fugaron a la ciudad, a Rosario y, en Rosario, esa misma abuela se enamoró de un comechingón venido de Córdoba. Y la hija que tuvo esa mujer, tuvo otra, que recuerda y cuenta historias como nadie, y visitó muchos veranos en las Sierras de Córdoba a la bisabuela comechingona.Decía entonces que la escritura autobiográfica me generaba cierto resquemor. Pero para ese entonces la voz asociativa ya está andando y de la revelación que trae el azar empiezo a entender, con muchísima lentitud, las cifras, los códigos que me plateó el sueño: los desmayos sistemáticos de mi mamá Silvia antes de morir; mis propios desmayos, los que tuve durante meses cuando intentaba escapar de un ex novio que me amenazaba, los que tuve, durante ese mismo tiempo, cada vez que veía una aguja, el miedo a la sangre; los desmayos históricos de las cautivas que registran muchísimos testimonios. La historia del país dejó de ser algo que ocurría en los textos o en los discursos para convertirse en algo que atravesó a mi familia. La literatura dejó de tener ese lugar erudito para estar allí: en las historias que me criaron, la que insistieron y ahora sueño. Las madres, vivas y muertas, las abuelas: una maquinaria de la literatura que llega hasta vos cuando dormís.
Junto a Catalina Reggiani y a Afri Aspeleiter, mis editoras, trabajamos mucho para que estas mujeres no fueran meros personajes secundarios que están en el texto con el fin de colaborar con la protagonista. En algún momento, ellas, las personajes, también se impusieron y fueron ganando más y más lugar en la trama. Tales son los casos de Juana o Pancha, dos personajes especialmente importantes para mí. Incluso el de Julia, una bisabuela que no conocí y cuyo personaje construí a partir de la ficción y el recuerdo. Con la hibridez familiar y narrativa, también se fue diluyendo esa voz narradora en segunda, que cuenta desde atrás y desde adelante, como si fuera omnisciente. Una voz que, tal como viví este proceso, se asemeja a la voz del sueño: difusa, híbrida, a veces colectiva, a veces íntima, hecha de la porosidad de lo onírico, lo inventado, los recuerdos torcidos. Una voz que piensa en la memoria como acto poético, más que como hecho empírico.
Fotos: @camilavazquezrc
Fuente: telam

